Su hijo o la tele

28 08 2009

bebés

Esa noche llovía a cántaros en el pequeño pueblito. Las casas, todas de caña, a duras penas soportaban la ventisca. Doña Dorotea cerró como pudo los dos huecos que ella llamaba ventanas, atravesando un grueso ropero, en una, y la refrigeradora, en otra. Porque eso sí, podría no tener una casa de cemento, pero no le faltaban los electrodomésticos de última generación.

Su vecina, Rosarito Freire se acomodó en su cama, con su hijito de un año. Cerró la puerta de ingreso, terríblemente enfadada, porque su esposo Vicente no había llegado todavía. En su mente se lo imaginó emborrachándose en el taller mecánico donde trabajaba. “Con semejante aguacero no va a venir. Mañana aparecerá llorando y rogándome perdón. Yo ahorita sí lo boto de la casa”, se juró al enguajarse las lágrimas.

No encendió la tele que le regaló Vicente en Navidad porque tuvo miedo que se dañara. Las conexiones eléctricas en los barrios pobres, son pésimas y en días de lluvia peligrosas.

¡Ah, la tele! La habían comprado con la tarjeta Cuota Facilita y llevaban dos meses atrasados. “Los muy m….  llaman a cada rato al celular, recordándome la deuda de mi marido. Reciéncito no más, un empleado me llamó para insultarme”, dijo y se sumió en una mayor desesperación.

Con la lluvia, el río que estaba cerquita, mientras Rosarito, pensaba y pensaba, crecía y crecía. Doña Dorotea, su vecina, se dió cuenta, por el sonido ronco y bravo. Levantó a sus hijos adolescentes y corrió rápido al cerrito, donde estaba la escuelita de la comunidad. Rosarito, en cambio, no se dio cuenta porque se durmió  cansada de tanto llorar.

Cerca de la media noche la despertó una fuerte sacudida. La casita se venía abajo y ella sólo pudo pensar en la tele que tantos problemas había traído a su hogar. Lo envolvió como pudo en una cobija y salió corriendo de la casa. Corrió tanto y tanto que alcanzó la escuelita del barrio. Allí, Fermín un vecino le hizo un lugarcito, al igual que los otros amigos que se habían refugiado.

Estaba contentísima por haber mantenido la tele a salvo. Se enorgulleció de no haber sentido cansancio, ni dolor en sus brazos, con el peso que llevaba. Estaba en ello, cuando recordó a su bebé. Su querido y adorado bebé.

Lo había olvidado, cambiado por un televisor.

Chilló como loca, gritando que había olvidado a su hijito y en lugar de regresar al hogar, se desmayó.

Tiempo después, cuando la lluvía había amainado y despertó, vió a Doña Dorotea y a su bebito. Los vecinos, habían regresado en su búsqueda y gracias a Dios estaba sano y salvo. Desde ese momento, Rosarito, evita los pensamientos negativos, sólo tiene gratitud.

A su esposo, le puso un ultimátum: la bebida o la familia.

Y con respecto a la Cuota Facilita… siguió atrasada, por un tiempito más, pero decidió no sufrir por ella. La acabó de pagar sin desesperarse. Luego la rompió, se juró que nunca iba a tener deudas y su decreto se cumplió. ¿Quién dijo, que para tener algo, hay que pedir prestado? La vida de por sí es un regalo.


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