
Si los poblados rurales de Ecuador, en algunos sitios, dan tristeza por el actual abandono. Imaginen lo que sería hace cuatro décadas. Don Miguel, un hombre enjuto, canoso y delgado, cada que puede narra las extravagantes aventuras que soportó mientras trabajaba para el Gobierno en el área de salud.
En sus historias no falta la picardía, ni tampoco el terror. Depende del público para que las escoja.
Eso sí, cuando son niños las historias empiezan como cuentos de hadas y terminan erizando las nucas de los oyentes. Por supuesto, deja a los niños sin dormir algunas noches.
Hace cuarenta años Miguel era jóven y recorría la zona sur de la provincia de Loja curando a enfermos de paludismo. Los viajes duraban semanas y se hacían a lomo de mula. Cuando encontraba un caserío y alguien lo alojaba, podía descarsar. De lo contrario el refugio dependía de la suerte o del demonio.
Nunca nombraba a Dios.
Una tarde en la que llovía endiabladamente buscaba refugio en un barrio, cerca de Alamor. La gente se había encerrado en las casas.
No oían o disimilaban no escuchar los golpes que daba en las puertas Miguel.
Como el sitio era nuevo para Miguel, disculpaba a las personas por su recelo.
Hasta que el dueño de una casita le abrió el portal. Pudo dejar a la mula a buen recaudo y acudir dentro del tibio lugar.
“Justo a tiempo”, pensó Miguel porque la noche había caído. Eso sumado con la lluvia apenas dejaba claridad en la calle.
El hombre le mostró un cuarto y un catre dentro para que durmiera. Le deseo buenas noches y desapareció.
Ya solo, Miguel se acomodó en el cuarto. Encendió una vela. Sacó de su morral un pan, comió, se recostó y se durmió, justo después de quitarse los zapatos.
Llevaba dormido un buen rato, cuando lo despertó el ruido de unos quejidos.
Pequeños grititos de terror que venían de la recámara que estaba frente a la suya. Pensando que el hombre generoso estaba enfermo acudió presto y en la puerta preguntó:
- ¿Qué le pasa… necesita ayuda?
Al no encontrar respuesta y al ver la puerta entreabierta se escurrió sigilosamente dentro.
Maldijo porque dejó la vela en el otro dormitorio y, a tientas, se acercó a lo que parecia la cama.
Pudo distinguir un bulto. Al acercarse más sintió en los pies descalzos algo mojado y pegajoso. Pero, al ver que todo estaba en silencio decidió regresar y esperar que el hombre no despertara.
- “No vaya a pensar que soy un ladrón o que busco algo”, reflexionó.
Ya en su cuarto la luz mortecina de la vela y la cama vacía lo llamaron al sueño, nuevamente.
Al día siguiente…
Miguel despertó y gritó como loco cuando vio sus pies ensangrentados. No supo si llorar o reir cuando, al toparse, comprobó que la sangre no era suya. Se puso de pie y siguió las huellas rojas que sus pies habían dejado…
Llegó al dormitorio vecino y descubrió que sobre la cama estaba un cadaver… A la luz del día pudo ver que había sido apuñalado y que la sangre que se había escurrido de su cuerpo había empapado el suelo…
El buen hombre regresó y al verlo allí le pidió disculpas. Resulta que la casa era una especie de retén de la policía rural y habían dejado el muerto allí, justo antes de que él llegara.
Los grititos que escuchó esa noche, decía Miguel, seguro, seguro… habían sido del alma en pena del finadito…

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